miércoles, 4 de octubre de 2017

Araceli Mancilla Zayas. Los poemas

Dos poemas de Budapest

                                                                                     
                                                                                                                                   Para Andrea Imrei

Crescencia 

Salgo del agua que brota de la fuente a 74 grados de temperatura. Mi desnudez espanta a un grupo de ancianos; asan liebres bajo la luna. Soy tan alta que advierten mi presencia desde la isla Margarita. Atravieso la llanura. Un olor a  amapolas despierta la oscuridad del campo. Me coloco detrás de mi conde Széchenyi. Él medita a la orilla del río sentado sobre su abrigo de martas cibelinas. Mira hacia Pest. Desearía estar ahí desde hace una semana. Las cadenas del puente que le abrirá el paso hacia su destino serán también las de sus lágrimas. Voltea a verme y me observa satisfecho: represento bien su deseo. Dos de sus guardias me levantan. Hace un siglo ocupo en el balneario este sitio de honor.


Gül Baba

En su rosedal daba ocho giros Gül Baba: por la paz, la bondad, el silencio, la oración, el canto, la risa, la calma y la verdad. Desde la rama, el cuervo, su amigo, lo observaba: un día posado en el granado; otro, en la parra. Y Gül Baba cada tarde la misma petición hacía entre las rosas al terminar su danza:
"joya preciosa, verdad mía: descansa"



El pequeño buda de la piedra del sol

Era sólo un encargo
pero
los empleados
de aquella tienda
en Agra
donde lo hallaron
para mí
no lo sabían
y mi interés tampoco
pues lo busqué
lo busqué
lo busqué
en cada zoco y bazar
durante aquel viaje a
la India
como si fuese un amor
al cual rescatar
de un abandono irreparable
brillaba y su leve
sonrisa era reconfortante
después de largas caminatas
y pensamientos
sobre las hogueras en el Ganges
de explicaciones sobre por qué
no carga flores
el cortejo fúnebre de los niños
después de perdernos
en el barrio islámico
de Varanasi
sin que
ah
gracias de Alá
aquellos hombres
acostumbrados a las burkas
los que cerraron sus comercios
al vernos llegar
se enfurecieran más todavía
lo saqué de su caja
lo puse entre mi ropa
lo tomé entre mis manos
para observarlo resplandecer
luego
al dormir mis compañeras
cansadas de buscar telas
y regatear en las rosadas calles
de Jaipur
"eres mío, mío, mío..."
dije en susurros
sin poder desprenderme
así
hasta la hora del regreso
lo puse en la repisa
como a un santo
y el objeto más hermoso
que he tenido
me miraba
me miraba
me miraba
...
de modo que,
finalmente,
lo entregué.




La liquidez del mundo

                                                                                                 A la memoria de Marie Claire Figueroa-Fischer

Despiertas
y algo se desgaja.
Te levantas a ver la luz:
no te lastima,
no es castigo o indiferencia acompañada.
Es liquidez que alimenta al mundo;
arcaísmo de estrellas en tus ojos
cuando alguien amado
entra en aquel deslumbramiento
donde toda confusión pierde el espíritu,
donde el único ser es el mirar.


                                                                                    Araceli Mancilla Zayas 


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